Por @Alvy

[No contiene spoilers.] En tan solo cuatro episodios, esta miniserie británica de Jack Thorne y Stephen Graham (quien además de coproductor escribió el guión y es uno de los protagonistas) Adolescencia cuenta una historia impactante bajo una premisa: un crimen en el que muere una adolescente y en el que está implicado otro niño de 13 años. ¿Quién ha cometido el crimen? ¿Lo ha hecho solo? Y sobre, todo ¿Qué le ha llevado a hacerlo?

Cada episodio se desarrolla en momentos distintos de la historia, con protagonistas que van cambiando según el punto de vista que quieren resaltar: los investigadores, la familia, el niño protagonista… Esto permite además mostrar varios entornos en los que han sucedido los hechos: el del hogar, el colegio, la comisaría de policía… Una de las curiosidades es que cada episodio es un solo plano secuencia, pero sin truquis. En el primero fue bien la cosa y acertaron a la segunda; de los otros se hicieron más de diez, incluyendo uno en el que la cámara pasa a un dron, vuela y vuelve a bajar.

A mi me recordó poderosamente a la franquicia Criminal (2019), de la que se hicieron versiones en España, Reino Unido, Alemania y Francia). En tres episodios independientes cada una (en el Reino Unido se grabó una segunda temporada) se contaba un caso en un interrogatorio con algún caso rebuscado y unos investigadores, perfiladores y psicólogos sumamente sagaces.

En Adolescencia el transfondo son las redes sociales en las que se mueven los jóvenes: los instagrams, tiktoks, grupos y chats de la vida. Que son básicamente su «mundo real» porque prefieren estar ahí a estar en la calle y donde hay tantos o más peligros que los que se encontrarían en los barrios bajos.

Los adultos no pueden entender ese lenguaje de megustas, emojis, coraconcitos de colores y términos del neolenguaje como incels, cringe, NPCs y actitudes como el ghosting, flexear o rizzear.

Los adultos creen que permitiéndoles estar encerrados en su habitación con internet «para jugar» los adolescentes están seguros.

Los adultos se equivocan.

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Por @Wicho

En una línea temporal parecida pero no del todo igual a la nuestra Disney comienza a usar robots en sus parques de atracciones en la década de los 50. Esos robots son cada vez más avanzados, hasta el punto de que en los 80, ya dotados de inteligencia artificial, empiezan a reclamar sus derechos. Eso desemboca en una guerra contra la humanidad en la que llevamos todas las de perder porque los robots ni de distraen ni tan siquiera necesitan parpadear mientras tengan las baterías cargadas.

No será hasta que Sentre desarrolle la tecnología necesaria para que una persona se conecte a un dron robot cuando cambie el curso de la guerra. Al final los robots, derrotados, son confinados a una enorme zona en el centro de los Estados Unidos que es la que da nombre al libro y a la novela.

Pero no todo es tan bonito como parece, pues un par de años después de terminar la guerra la tecnología de Sentre hace que muchas personas se pasen el tiempo conectadas a la realidad virtual que les ofrece la tecnología de Sentre, dejando de lado no sólo sus vidas en el MundoReal™ sino también sus cuerpos.

La descripción
Dos personas enganchadas a Sentre – Netflix

Michelle, que perdió a sus padres ya su hermano en un accidente de coche mientras la guerra estaba en curso, malvive en una casa de acogida al cargo de Ted, que se pasa el día metido en Sentre. Hasta que un día recibe la visita de un robot que pondrá en marcha una serie de acontecimientos que pueden poner patas arriba el statu quo.

Visto el resultado de la serie que adaptaba Tales from the Loop, otro de los libros de Simon Stålenhag, la verdad es que no esperaba gran cosa de esta película, disponible en Netflix. Así que igual por eso me ha gustado. Aunque las críticas en general están siendo bastante demoledoras.

Eso sí, es una adaptación bastante libre del libro del mismo título, que de hecho conserva poco más que la estética de los robots, las torres de Sentre y la idea de la gente que se queda enganchada dentro del sistema. Incluso diría también que las actuaciones de los robots son mejores que las de los protagonistas.

Pero me hizo pasar un buen rato, que tampoco pedía mucho más.

Y a poco que lo pienses, también hay una crítica del maltrato a los trabajadores supuestamente menos cualificados y a las minorías en los Estados Unidos, lo que dado el clima político actual, tampoco viene mal.

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Por @Alvy

En 2005, el danés Nicolai Fuglsig grabó una película publicitaria para los televisores Bravia de Sony. Fueron dos minutos y medio sumamente caóticos y divertidos, que se convertirían en un minimetraje icónico. Era una idea loca: lanzar miles y miles de pelotas de goma rebotando por las empinadas calles de San Francisco. Todo bajo un título: Colour like no other.

El equipo de filmación tuvo que prepararlo todo meticulosamente: acordar las condiciones con los residentes, las autoridades de la ciudad y las aseguradoras. En varias ocasiones se prohibió el uso de los cañones lanza-pelotas por los ruidos que causaban; además de esto tenían contratados varios seguros en caso de causar desperfectos.

Rodado con una excelente fotografía y ocho cámaras necesitaron cuatro días para la filmación, a los que siguió un selecto montaje. El hecho es que todavía a día de hoy se considera uno de los mejores diez anuncios de la televisión, y estaría en casi cualquier Top 10 que se hiciera en ese sentido.

En SF Gate han recuperado la historia tras el anuncio más inolvidable de la historia de San Francisco, donde se mencionan todas estas cifras:

  • Presupuesto: 1 millón de dólares.
  • Se usaron 250.000 pelotas de goma.
  • El coeficiente de restitución de las pelotas era 0,92.
  • En las primeras pruebas se rompieron 5.000 pelotas.
  • Cada cañón lanzador podía almacenar 25.000 pelotas.
  • Se usaron 6 cañones en la primera ubicación y otros 6 en la segunda.
  • La velocidad máxima de algunas pelotas fue de unos 160-210 km/h.
  • Muchas salieron rebotadas hasta tres manzanas y otras hasta 8 km.
  • Coches dañados: 24.
  • Coste de reparación de cristales de ventanas: 74.000 dólares.
  • Viviendas dañadas: 6.
  • La gente permaneció en sus casas, excepto 50 ó 60 espectadores.
  • Un niño recogió 500 pelotas él solito.
  • Consiguió 5 millones de de reproducciones en YouTube (no está mal teniendo en cuenta que la plataforma nació 9 meses antes).
  • Las calles por las que rebotaron las pelotas: Filbert, Hyde, Jones, Union, Sanchez, Hill, Kearny, Romolo Place, Broadway, Carolina y Wisconsin St.

Para la música se eligió la versión de Heartbeats que hizo José González y que con el tiempo superó los 580 millones de reproducciones en Spotify y le cambió la vida, según dijo él mismo. Era una recreación mucho más ligera y romántica del Heartbeats original (aquí el videoclip) del grupo sueco The Knife, habitualmente más dado a la música electrónica y los sintetizadores.

En YouTube puede encontrarse también el vídeo del making of, donde se pueden ver algunos de los truquis: cómo se recogían (o intentaban recoger) las pelotas con redes al final del trayecto, cómo usaban escudos protectores y a qué velocidad real caían las pelotas antes de montar la película a cámara (súper)lenta. Además de eso han reconocido que el salto de la rana estaba… un poco preparado.

Sony envió la película en discos a las tiendas para que se usaran como película de demostración de los nuevos televisores. Hay varias versiones cortas, de 60 segundos, emitidas en televisión, y otra de dos minutos y medio conocida como «versión del director». La versión 4K está remasterizada a partir de uno de esos discos HD, escalándola a 4K con técnicas profesionales, por Mat Van Rhoon. No es una «versión oficial», ni la llamaría remaster, sino más bien «restauración», y creo que no puede competir con un 4K real en detalle. Se puede comparar con el original, Colour like no other [HD] y que cada cual elija su favorita.

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Por @Wicho

Nunca creí que fuera a ir al cine, al menos no voluntariamente, a ver una película protagonizada por Michele Jenner y Mario Casas encuadrada dentro del género del drama romántico. Ni que acabaría escribiendo sobre ella en Microsiervos ni mucho menos que recomendaría verla.

Pero claro, lo de las categorías es algo un tanto particular, como descubrí con Los nativos digitales no existen, que hasta lo vi incluido en la categoría de autoayuda. Así que no hay que tomarse eso muy en serio.

Además, el guión y la dirección de El secreto del orfebre, que es una adaptación de la novela homónima de Elia Barceló, son de mi muy querida Olga Osorio, de cuyos trabajos como Einstein-Rosen y ¡Salta! ya hemos hablado en esta casa.

Y si ya hemos hablado de ellos en esta casa es porque en ambos los viajes en el tiempo juegan un papel fundamental, como sucede –creo que no hago un gran espoiler con esto– en El juego del orfebre. Así que la película también podría ser encuadrada en el género de ciencia ficción. O quizás de fantasía. O en ambos.

Además de en lo de drama romántico. Porque sí, supongo que es posible ver la película centrándose sólo en la historia de amor de Celia y Juan, interpretados por Michelle Jenner y Mario Casas y por Zoe Bonafonte y Enzo Oliver, que en este caso tanto monta, monta tanto, y quedarse ahí y salir tan contento del cine.

A fin de cuentas el estudio la resume con «Juan Pablo es un prestigioso orfebre que viaja desde España a Nueva York para una exposición sobre su obra. De camino pasará por su pueblo natal, un viaje que le llevará al pasado y al reencuentro con un gran amor que cambió su vida para siempre.»

Pero El secreto del orfebre va de mucho más que eso a poco que te fijes un poco. Entre otras cosas porque el viaje de Juan le dará la posibilidad de arreglar un error que cometió en un momento dado de su vida y que ha marcado su vida para siempre. O no.

Y esa es una de las reflexiones que nos deja la película: si tuvieras la oportunidad de actuar sobre tu pasado, ¿lo harías? ¿Con independencia de cómo afectara a las vidas de las otras personas que te rodean? A fin de cuentas el hombre es la suma de sus actos, ¿no? Pero al tiempo Juan no es nadie sin Celia, quien debe atreverse a salir de Ítaca. O no.

Otra reflexión es acerca de la necesidad de aprender a querer a alguien con quien el destino quizás te ha juntado en un momento poco o nada adecuado. En este sentido, se parece mucho a ¡Salta!, aunque aquella hablaba de amor fraterno y El secreto del orfebre habla de enamorarse en el sentido romántico. Aunque el amor de Celia y Juan no sea exactamente un amor romántico clásico.

El viaje en el tiempo de Juan no se ve de forma explícita ni se sabe cómo ni por qué sucede. Aunque tampoco importa; lo que importa es la historia que deja contar. Y voy parando, que Olga dice que es mejor ir a verla sin saber mucho.

Sólo añadiré que más allá del guión y de las interpretaciones, que también lo son, la producción de la película es sobresaliente, tanto en los aspectos técnicos como en la miríada de detalles que Olga ha escondido en ella a la vista de quien quiera verlos. Aunque para esto seguramente haya que verla más de una vez. Algo a lo que no le veo ningún inconveniente.

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