Por @Alvy — 7 de Agosto de 2026

Gorillas: un enfrentamiento estilo «uno contra uno» con un toque moderno pero de aspecto viejuno

Gorillas es un juego bastante sencillo y clásico en cuanto a concepto, que ha tenido tantos nombres como variantes a lo largo del tiempo. Tan viejo es que el original que lo inspiró dicen sus creadores que estaba escrito en QBasic (alabado sea). Pero no deja de ser el tradicional entretenimiento de «apuntar el ángulo y calcular la fuerza», en este caso con gorilas que se disparan plátanos en las azoteas de los rascacielos de una imaginaria ciudad pixelada.

Las opciones del juego también son bastante básicas: es interesante que sea para uno o dos jugadores, y también se pueden modificar la gravedad y el viento, que hay que tener en cuenta en los lanzamientos y que puede ser más o menos fuerte y mantenerse en la misma ronda o ir variando.

A mi este tipo de juegos tan simples me encantan, son la epítome de «pasar el rato sin tener que pensar mucho» aunque es cierto que no son triviales, que puedes picarte jugando contra el ordenador (cuyo mono se llama Kong, por cierto) y ya no te digo si es una persona contra otra. Me recuerda al clásico Dinky Bomb / Dinky Bots, que hizo furor en su día a principio de los 2000 y todavía ha tenido algún revival.

Así que ya sabes: apunta bien, dispara y a ver si puedes acertarle al otro mono con el plátano en la cabeza.

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Por @Wicho — 6 de Agosto de 2026

La descripción
La cabina de pasaje de un 737 MAX - Boeing

Lo de Boeing es impresionante. A este paso va a acabar por darme pena: no bien acaba de obtener el permiso para la entrada en servicio del 737 MAX 7 tras ocho años de pruebas se ha sabido que la Administración Federal de Aviación (FAA) de los Estados Unidos tiene pensado emitir una directiva de aeronavegabilidad (DA) que obligará a revisar que los asientos de unos 450 aviones matriculados en el país estén bien instalados.

La DA menciona los Boeing 737-8, 737-9, y 737-8200, lo que viene siendo MAX 8, MAX 9 y la versión especial del MAX fabricada para Ryanair en la que pueden ir hasta 200 pasajeros. Lo que pasa es que, por lo que sea, Boeing intenta huir en la medida de lo posible de la denominación MAX desde que estuvo casi dos años sin poder volar a causa de un par de accidentes mortales.

No es sólo una mala noticia tras lo de la certificación del MAX 7, sino que además llega poco después de que la FAA relajara su vigilancia sobre Boeing tras los citados accidentes dejándole que volviera a inspeccionar ella misma los aviones que fabrica para darles el certificado de aeronavegabilidad; parece que no consiguen librarse de los problemas de la falta de control de calidad en sus cadenas de montaje.

Y es que ha habido problemas eléctricos; con el ensamblado del estabilizador vertical; con el mamparo de presión trasero; y luego está lo del MAX de Alaska Airlines que perdió parte del fuselaje en pleno vuelo.

Aunque hay que decir que los problemas en cuestión no han afectado a toda la flota sino a algunos lotes determinados y que todos han sido solucionados y que de hecho desde la vuelta al servicio del MAX no ha habido ningún incidente serio. Bueno, salvo lo del avión ese de Alaska Airlines.

La directiva dice que

La FAA ha recibido un informe en el que se indica que algunos conjuntos de asientos de pasajeros montados sobre guías no se instalaron correctamente en ellas. Los vástagos de seguridad de la parte de posterior no se habrían cerrado correctamente ni se habrían enganchado en los rieles del asiento. Los conjuntos de asientos montados sobre rieles que estén instalados incorrectamente pueden desengancharse de los rieles en caso de aumento de la carga, turbulencias o un aterrizaje de emergencia. Si no se soluciona esta situación, podría provocar lesiones a los pasajeros y a la tripulación durante un aterrizaje de emergencia o bloquear el pasillo, lo que podría ralentizar la evacuación.

Cuando habla de conjuntos de asientos se refiere a los tres que van juntos en cada fila a cada lado del pasillo. Pero vamos, que a este paso ni con el cinturón de seguridad puesto puedes pensar que estás a salvo de las turbulencias si vuelas en uno de los aviones afectados.

Según Boeing ya habían avisado de esto a los operadores afectados en diciembre de 2025. Pero les parece correcto que la FAA haga la revisión obligatoria. Habrá que ver si hay aviones afectados en Europa y en ese caso qué decide la EASA, la Agencia Europea de Seguridad Aérea, al respecto.

(Gracias, José Manuel).


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Por @Wicho — 6 de Agosto de 2026

Portada del libroLa anomalía. Por Hervé Le Tellier. Traducción de Pablo Martín Sánchez. Seix Barral 31 de marzo de 2021. 326 páginas.

El 10 de marzo de 2021 el vuelo AF006 de Air France procedente de París aterriza en el aeropuerto JFK de Nueva York tras haber atravesado una tremenda tormenta que apareció casi de repente en su ruta y que no pudieron atravesar de ninguna manera.

El 24 de junio de 2021 el mismo vuelo AF006 se pone en contacto con el aeropuerto Kennedy para aterrizar. Lo que desata todas las alarmas porque el AF006 de ese día ya ha aterrizado. Así que lo redirigen a la base aérea de McGuire por si los terroristas o algo.

Pero una vez allí, para asombro de propios y extraños, descubren que el avión que acaba de aterrizar es físicamente el mismo que el 10 de marzo atravesó aquella tormenta. El mismo hasta el último átomo. Y que sus 243 ocupantes son las mismas que las de aquel otro AF006, hasta la última molécula de su ADN.

Algo o alguien o quién sabe qué los ha duplicado sin que sean conscientes para nada de ello; de hecho creen que aún están en marzo a pesar de que en realidad han pasado más de tres meses desde su primer aterrizaje.

Con esos mimbres el autor cuenta una historia –o dos– en la que invita a reflexionar sobre lo que es el yo e incluso sobre lo que es la realidad. O no.

Me ha parecido un enfoque interesante que, por supuesto, deja más preguntas en el aire que preguntas respondidas.

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Por @Alvy — 5 de Agosto de 2026

«Mira mamá, sin cookies»: una web que revela todo lo que un sitio web que se visita puede saber de ti y además te explica cómo lo hace

I didn’t set a cookie («No he puesto ni una cookie») es un proyecto de esos de fin de semana de Kuber Mentha, que andaba investigando la identificación mediante huellas digitales (fingerprinting) de los visitantes a una página web. El resultado es tan inquietante como didáctico, además de ser de código abierto. La página es una especie de demo y no está pensada para «hacer el mal», así que ni guarda tus datos. Y, apropiadamente, no te pone ni una cookie, como su propio nombre indica.

Y es que las cookies son como las brujas malas de la web, unas asustar viejas: todo el mundo las acusa de ser lo peor y en realidad hoy en día ya no hacen ni falta. Tan es así que la página de Mentha puede identificar 166 señales distintas para crear un fingerprint único e identificar a los visitantes. No hace falta ni darle permisos (aunque en un momento dado los pide, como un extra); todo sucede a través de los datos expuestos por los navegadores web y los datos que circulan en cada conexión.

En la misma visita se puede ir viendo (¡tachán, tachán! paso a paso para hacerlo más inquietante) datos como el sistema operativo, el navegador web real (aunque intente ocultarse), el proveedor de Internet o la ciudad (más o menos). También están otros muy típicos como la resolución de pantalla, el nivel de batería, el hardware gráfico y el número de cámaras y micrófonos conectados. Más llamativas son las fuentes tipográficas o incluso poder distinguir si el usuario utiliza herramientas de programación. Esto último me pareció un buen truco: contrastando las fuentes tipográficas instaladas con una lista de las más habituales en programación se puede saber si la persona es programadora o no (y casi seguro que acierte). Toma perfilado.

Otro dato que me sorprendió es que sepa cuántas voces sistéticas (texto-a-voz) hay instaladas en el sistema, supongo que cosa de mi MacOS; por no hablar de que hace un gran guiño al decir «tu navegador pide el Do Not Track para evitar el seguimiento… pero lo he ignorado». ¡Touché! Además, descubrió que tenía instalado y activado mi media player (ni me acordaba) con un truco muy ingenioso: hace una petición a varios de los puertos típicos, mide el tiempo de respuesta y si en vez de una denegación en unos 30-60 ms (que sería lo habitual si el puerto está cerrado) la petición se deniega en más de 1200 ms… es que el puerto existe y por tanto esa aplicación (media player) está abierta localmente. ¡Muy bueno!

También hay otro par de datos relativos al comportamiento humano del usuario, para lo cual muestra cómo es capaz de analizar el ritmo de escritura y bastante información sobre el perfil publicitario (qué temas de interés, qué has buscado…), dado que el resto de dato pueden enviarse como parte de una puja publicitaria OpenRTB en apenas una décima de segundo. Esto ya inquieta más.

La combinación de todo esto crea una huella digital del navegador (browser fingerprint) con, cierto número de bits de entropía que te dicen cuán improbable es que seas el mismo visitante que otro. En mi caso solo 1 de cada 145 millones de personas tenemos exactamente la misma configuración, así que… no puedo refugiarme en la masa.

El autor recuerda al final del todo que en este proyectillo el objetivo no es recopilar datos, sino mostrar cómo se hace: junto a cada sección hay un enlace que explica las técnicas usadas. Todo funciona localmente en el navegador y el proyecto es de código abierto para quien quiera aprender más. Y, parafraseando al chiste infantil, «mira mamá, sin cookies».


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